En el origen de cada morbo libresco está la gula: llega el primero, después entran diez, treinta, y luego de los cien ya no nos detenemos más. Voraces y ansiosos, se cumple lo irreparable: se acumulan muchos, demasiados al fin. Y no es posible hacerlo de otro modo, especialmente si estamos estimulados por las sagaces normas de un bibliómano franco como Giuseppe Pontiggia. Entre los puntos de un licencioso decálogo suyo se protruyen exhortaciones que trinan dulcísimas en el oído de los viciosos y de alguna más rara viciosa, criaturas degeneradas que no anhelan otra cosa que escuchar que les dicen: no te frenes, cultiva tu perversión como un disoluto. Incita, Pontiggia, a ser disipados: hay que comprar los libros que a la noche no necesariamente se tiene ganas de leer, sino solo de hojear. Si un libro atrae, es necesario no preocuparse por su costo: nada puede sanar la angustia de una compra fallida. Es algo trivial hacerse los moderados con los libros; al contrario, conviene planear proyectos de compra más elevados de aquello que es razonable pensar. Los libros hay que elegirlos también para despertar placer y envidia en los demás. Nunca dudar en la compra, si no arriesgándose a encontrarse después con que ese título se agotó. Y, sobre todo, cuando el precio es alto, vale pensar en el término mágico “inversión”, “excusa de todos los negocios irreales”.
Y si este es el decálogo del frenesí, existe también uno de la viveza, porque quien compra libros debe también aprender a volverse astuto, sea para garantizarse las piezas que busca y sea para no pagarlas más de aquello que valen. Es aquel Decálogo del bouquineur con el cual el gran librero romano Roberto Palazzi ponía en guardia al comprador de sus colegas y vale ser ilustrado sobre algunos de sus puntos. Error desproporcionado, es decir, por ejemplo, en presencia del librero, “qué hermoso este libro, hace siglos que lo busco, soy realmente afortunado de haberlo encontrado”, sobre todo si el artículo no lleva la etiqueta con el precio. Entre los pequeños vendedores que amontonan libros sin ponerles precio, a aquel deseado –en especial si relevante– hay que hacerlo disimuladamente deslizarse en una pila de viejos policiales y hay que extraerlo poco después, como si no valiera nada y se lo comprara solo para hojearlo en el ómnibus. Jamás hablar de libros con el librero: es una esponja que absorbe datos y si se habla de cierta edición, su precio se levantará como por milagro. Merece siempre comprar en lugares no dedicados al género que se busca: un raro título futurista hay que tomarlo, si se lo encuentra, entre los de quien vende historietas, y así. Es necesario no creer jamás en la declaración del librero de que tal edición es rarísima: casi todos los libros, antes o después, se encuentran –de otro modo no existirían los libreros de antigüedades, ni uno se cruzaría por la calle con la morbosa estirpe de los bibliómanos–.
Barbas
Si bien siempre menos frecuentes, existen libros “en rama” sin guillotinar, aquellos que por manía del impresor son encuadernados con las páginas sin cortar, conservando el pliegue cerrado de la hoja y que pueden ser leídos solo si armados de cortapapeles; en un tiempo muy difundidos, como lo demuestran tantos homicidios realizados con esta suerte de arma blanca que, cuando bien puntiaguda, penetra fácilmente en el abdomen o entre las costillas.
Ahora, un libro intonso que conserve las barbas –las irregularidades en los márgenes de las páginas– goza de un prestigio mayor que aquel refilado. En suma, sucede que el libro todavía virgen sea más admirado por los bibliófilos: un carácter que toda persona sana de mente considera un defecto es en cambio considerado como un valor: “Es como decir que el precio de un libro disminuye si es puesto en condiciones de ser leído”, concluye Bollioud-Mermet.
En Varias advertencias útiles y necesarias para los amadores de buenos libros, dispuestas en forma de alfabeto, de 1756, Gaetano Volpi es bien consciente del hecho, cuando en el término Barbas afirma: “Muy juiciosamente dejan a los volúmenes con sus barbas y sin hacerlos cortar; y así quedan siempre como nuevos, con el entero margen suyo en todas partes. Circunstancia en los libros antiguos y de importancia que los vuelve más valiosos, y que es mencionada en algún cuidadoso catálogo”. Y en el término Márgenes agrega: “Haciendo encuadernar libros antiguos de importancia, mejor es olvidarse de hacerlos guillotinar; o bien hacerlo solo un poco raspando con hierro o con vidrio, para no arriesgarlos a la indiscreción de los encuadernadores”. Porque esos encuadernadores son tan indiscretos que “cortan” a los libros a tal punto de hacerles perder su natural simetría; se cita el caso de aquel bizarro cerebro padovano que hacía cortar los libros no para tener márgenes nítidos, sino para poder colocarlos en sus bajas estanterías. Pero reducir los márgenes de los libros es un vicio antiguo: Richard de Bury propuso en el Trescientos la excomunión para quien osaba hacer tal gesto, el peor castigo para aquella época.
El libro intonso debería leerse con cortapapeles al alcance de la mano, separando las páginas una por una; en cambio el lector frenético las corta todas antes aun de leer el libro. El gesto, precipitado e impaciente, causa un frecuente e irreparable daño: la laceración de algunas páginas. En este punto se debería aceptar el acto torpe con la consciencia de haber arruinado un libro y en cambio a un daño se suma otro daño: el lector tosco, en efecto, corre a reparo pegando la página con cinta adhesiva, sin presagiar que después de pocos años el pegamento químico provoca una irremediable corrupción amarilla del papel. Una página lacerada causa dolor en quien la observa: si reparada con cinta adhesiva y dañada por una banda química marroncita provoca un efecto bien peor: una suerte de repugnancia, de náusea invencible.
Queda como un fenómeno inexplicable aquel de los libros usados ya no intonsos salvo en el índice: alguien cortó las páginas, una por una, pero no aquella. Nos preguntamos a qué etnia libresca pertenece el tal: nadie puede gustarle un libro si no tiene el índice a mano, para consultarlo decenas y decenas de veces.
Ebookmanía y más
Existen patologías librescas poco estudiadas, que obligan a crear nuevas categorías. Se puede definir como biblioaforismia a la propensión a la lectura fragmentada. Aflige a todos aquellos que no logran leer una novela por entero y prefieren los artículos, las prosas breves y los diarios. Se trata de sujetos perturbados que custodian solo obras de Emilio Cecchi, Mario Praz y Giovanni Macchia.
Si además de ser fragmentaria, la lectura es también realizada apresuradamente y no produce placer alguno, el cuadro se define como bibliopepsia.
A la misma categoría pertenece la bibliorfandad, inclinación compulsiva a abandonar un libro después de haber leído pocas páginas, sino solo una. Se trata a veces de una patología inducida, cuya responsabilidad debe adscribirse más a la calidad del libro que al lector.
Pertenece a esta familia también el contagio que desde hace algún tiempo está infectando a Occidente, la ebookmanía, es decir la progresiva incapacidad de leer libros de papel en favor de aquellos electrónicos. Tal lectura ocurre de a trocitos y bocados: conozco pocas personas que hayan leído un entero libro electrónico, solo alguna fachada inicial y luego pantallazos aquí y allá, según una miseranda práctica epigráfica. En todo caso, la ebookmanía es de prognosis infausta: los enfermos no tienen esperanza de curación y en general acaban sus días en modo mezquino, balbuceando frases delante de un blog.
